Medellín: Entre Putas y Disputas

¡Oh mi amada Medellín, ciudad que amo, en la que he sufrido, en la que tanto muero! Mi pensamiento se hizo trágico entre tus altas montañas, y ahora más que incierto, irremediablemente confuso entre tus restaurantes de cinco estrellas que sirven bandeja paisa vegetariana, y tus hostales high class que cambiaron la Rumba Aeróbica por clases de Yoga y Crossfit.

Entre mis más grandes defectos se cuentan no saber recortar, pintar con colores y ser puta. Muy puta e igualmente feminista, cruces todas que cargo junto a los condones Trojan, el libro de Gonzalo Arango, y un vaporizador que nunca uso pero me hace sentir muy elegante. Con todo esto, cuelga mi cartera bajo la mesa que mi cliente reservó con tres días de anticipación en uno de los restaurantes más exclusivos de la ciudad, esperando que con la cantidad adecuada del vino correcto logrará sacarme un par de besos en la boca, que bien sabe, no están incluidos en mi servicio.

Durante toda la cena no dejo de observar el cartel de la campaña “No to the sex tourist, no me canso de admirar la creatividad del que decidió poner un stiletto pisando una chancleta, y pienso que me encantaría usar esa imagen para promover mi burdel si consigo montar uno. La señal está colgada en la puerta del mismo restaurante donde por meses los empleados me han recibido con la mayor amabilidad, ya conocen mis platos favoritos y siempre al despedirme me motivan a seguir trayendo a mis clientes.

La ironía, sin embargo, no es tan obvia en este restaurante como en los demás locales, bares, discotecas, y negocios de comida rápida, donde el mismo cartel, cada vez que se cae lo vuelve a colgar una mesera de dieciocho a veinte años vistiendo el uniforme oficial de la honorable compañía: booty shorts, o una minifalda más pequeña que el trapo con el que limpia las mesas, y un top del mismo tamaño, si tiene suerte, la tela no se transparenta demasiado, y su jefe le ha recomendado nunca asistir al trabajo sin maquillarse o arreglarse el cabello y le ha pedido el favor de tratar a los clientes, en especial a los extranjeros, “con la calidez y la picardía que caracterizan a la mujer paisa”. Todo esto, durante ocho horas, seis días a la semana, por un sueldo básico, una carga laboral que mi inteligencia no me deja entender, y mi feminismo no me permitiría soportar .

Esta mesera no es una mujer con un nombre propio, es una idea de mesera, de impulsadora, de modelo de protocolo, de vendedora, de recepcionista, de aseadora, de cajera, un concepto que se repite en cada negocio de la zona. Esta chica tan seductora adquiere un rostro nuevo cada que llega a los treinta y se le empiezan a caer los encantos “que caracterizan a la mujer paisa”, cada que se hace lo suficientemente madura como para no permitir las caricias y los roces indebidos de los clientes más atrevidos, cada vez que cambia la inocente y excitante expresión de incomodidad y vulnerabilidad cuando le miran el escote, por una voz fuerte de reclamo o Dios no lo quiera, una cachetada en la cara del abusivo, cada vez que le tiene que correr el botón a los booty shorts  porque subió de peso y que se niega a sonreír ante las insinuaciones sexuales y las actitudes tan exageradamente machistas y obviamente violentas que la rodean, ahí llega entonces el famoso “recorte de personal”.

¿A qué jugás entonces, Medellín? ¡Mi amada Medellín! Que querés vender a tantas, que presionás a tantas otras y permitís tantos abusos a cambio de unos cuantos dólares, que nos negás a nosotras, las que si vendemos esos y otros encantos, a voluntad y con inteligencia, y nos hacés sentir culpables. Los confundís a ellos, poniendo en los anuncios tetas, culos, labios, y ofreciendo descaradamente “la belleza” de tus mujeres como si de una artesanía, un chicharrón o un tiquete más de metrocable se tratara, y les decís al mismo tiempo que no vengan a buscar lo que vos misma ofrecés como atractivo.

Incapaz como he sido siempre de guardarme la rabia, obligo a mi cliente a escuchar mi disertación sobre prostitución, turismo, y patriarcado por casi media hora, y me lamento por no tener un nivel de inglés suficiente para explicarle con detalle mi descontento, como si este pobre señor, que lo tiene todo y no entiende nada, pudiera hacer algo por nosotras; contrario a lo que se pensaría, él no se aburre, me llena de halagos, dice que soy inteligente y estoy más bella que nunca, y me siento más segura, más satisfecha, más tranquila, de lo que creo que se siente ser esas otras chicas.

Yo, por lo menos, tengo la certeza de que con el pago de esta noche alcanzo a cubrir el arriendo, y él, tan respetuoso como es, solo llegará hasta donde yo se lo permita, cerramos una cena perfecta con un postre perfecto y un par de plones al vaporizador, juntos concluimos que si yo tuviera un burdel sería el mejor de todos.

Escrito por

Si la vida fuera estable todo el tiempo yo no bebería ni malgastaría la plata...

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