Empezó la horrible noche.

Era un jueves, veintiuno de noviembre. Las ganas que tenía de salir a marchar se habían quedado en el tintero: en la mañana estuve en la oficina y en la tarde trabajando desde la casa. Terminé a eso de las siete de la noche algo agotado. Estuve pendiente de las marchas por redes, mirando contento la cantidad de gente que había asistido, viendo las escenas que ya esperaba de la fuerza pública contra los estudiantes. La fuerza pública debería referirse a los estudiantes y no a los uniformados, pensé. No era fácil ver los vídeos de los enfrentamientos, sólo podía pensar en Carlos, mi novio. Era medio día cuando hablamos, sabía que estaba en la Universidad Nacional. A eso de las tres me avisó que en la universidad habían enfrentamientos entre el ESMAD, encapuchados y estudiantes. Luego de dos horas seguía sin poder salir y tenía hambre. No hay un lugar tan seguro como la universidad, afuera estaban los policías esperando a coger a cualquiera que estuviera pasando. Eran las seis de la tarde cuando al fin pudo salir con unos amigos, esperaron en los alredededores mientras conseguían algo en que irse. No había transporte ni por la calle veintiséis ni por la carrera treinta, caminar no era una opción. Esperaron en una panadería hasta que pudieron tomar un taxi.

Carlos llegó a la casa, comimos y seguíamos pendientes de lo que pasaba afuera. En la universidad todavía quedaban estudiantes, eran casi las ocho de la noche, la horrible noche estaba a punto de empezar. Leímos un tuit diciendo que la policía había entrado a la Universidad Nacional. Carlos y yo nos miramos, sabíamos que teníamos que ir, no sabíamos bien a qué pero no podíamos simplemente sentarnos y pensar que afuera no sucedía nada. Salimos. Íbamos cruzando la veintiséis, mirando como en el carril que va al centro, unos encapuchados seguían destrozando la estación de Ciudad Universitaria. Pasamos la calle justo cuando empezó a llegar a la universidad una docena de matrimonios (pareja en moto compuesta de un policía y un agente del ESMAD). Nos paramos a unos metros de la entrada de la universidad. Habían estudiantes también allí, algunos con tapabocas improvisados tratando de evitar el gas que quedaba en el aire. Creo que todos los que estábamos allí esperábamos lo inevitable, aunque yo no sabía muy bien que era.

A un lado los policías y agentes, al otro los encapuchados. La atención de los uniformados estaba en la universidad, era claro entonces cuál era su objetivo. Bajando por el carril central, junto a la estación de TransMilenio venía un grupo de jóvenes caminando, todavía no había transporte. Intentando evitar a los encapuchados siguieron andando por allí, confiados de que en ese carril sólo había policías. No pensé en grabar, qué idiota, me digo ahora. Los muchachos caminaban lentamente, o todo se empezó a mover lento en ese momento supongo, ya que al momento de pasar por el lado de los uniformados uno de los policías se fue contra uno de los jóvenes y lo tiró al piso. El resto de policías y agentes rodearon a los otros que iban con él. Grité. Me acerqué lo más que pude, al menos que pudieran escucharme: que eran unos hijueputas, que eran unos malparidos, que los soltaran, sólo iban pasando. Y la verdad era así, solo iban pasando, creyendo que era más segura la policía que los que estaban del otro lado, si es que había un “otro lado”. Todos allí gritábamos, algunos más valientes que yo lanzaban piedras. Tenía ganas de hacer lo mismo, de lanzarles piedras, de gritarles más, de soltar toda la rabia de ver una injusticia como esa. Saqué mi celular para grabar lo poco que podía, alcancé a ponerlo en twitter, esperando que alguien pudiera hacer algo, o que al menos más gente pudiera ver lo que yo presenciaba. Al escucharnos y al sentirse amenzados con las piedras, los uniformados nos empezaron a disparar con aturdidoras. Una de las balas de la aturdidora dio contra una pared, cerca a Carlos. Me asusté de sobremanera porque el disparo había sido a la altura de la cara. Por fortuna había fallado. Nos quedamos otro rato, esperando, pensando en qué hacer pero no sabíamos qué. No había nadie de derechos humanos, no había nadie que pudiera ayudarnos, me sentí pequeño e incapaz. Carlos me dijo que diéramos una vuelta alrededor de la universidad, era peligroso pero no queríamos quedarnos quietos. No duramos mucho alrededor, los enfrentamientos de toda la tarde habían dejado una nube densa de gas pimienta. Tuvimos que desviarnos y salir de allí tosiendo y con los ojos llorosos. Salimos a la carrera treinta donde todavía quedaban unos cuantos agentes del ESMAD. En ese momento sólo quería irme a la casa. Seguimos por la avenida intentando no tomar ninguna ruta que estuviera sola, nos habíamos expuesto mucho al caminar solos alrededor de la universidad.

De vuelta a la calle veintiséis nos encontramos con algo que nos devolvía un poco la esperanza: un cacerolazo. Un grupo de personas ahora estaban en la mitad de la calle con ollas y tapas, haciéndolas sonar como si para eso hubieran sido hechas. Íbamos a unirnos cuando en cuestión de minutos volvieron los hombres de negro, venían a callarnos, a parar el ruido que les sonaba amenazador a sus patrones. La misma imagen de siempre: primero el acercamiento lento de los marchantes que se imponen con sus pesados uniformes, luego alguno que levanta el arma, el sonido como el de una pequeña bomba seguido de la nube blanca que empieza a crecer, la gente corriendo, los hijueputazos de los que corren contra aquellos que disparan. Los manifestantes se refugiaron en uno de los barrios cercanos, algunos se quedaron afuera y llegaron cerca de dónde estábamos Carlos y yo viendo todo. Los agentes parecían desesperados por hacer daño, tanto que alguno alcanzó a cometer el error de disparar otro gas a la entrada del barrio. De los edificios cercanos salió gente por las ventanas, a gritar, también con cacerolas. Aparentemente todos habían notado quienes estaban del otro bando ese día. Los agentes de ESMAD se fueron ahora contra los que quedaban afuera, contra los que estaban en el barrio no podían seguir, ya habían demasiados testigos.

Después de otro par de hijueputazos a oídos tapados por un casco negro, Carlos y yo seguimos andando, hasta poder dar con una calle que no tenía policías y que nos llevaba de vuelta a la casa. Caminábamos con precaución, sorprendidos porque Bogotá sonaba, desde todas partes llegaba el ruido de las ollas, algo que nos consolaba en el camino que ahora sentíamos largo. Llegamos un poco más abatidos que antes y simplemente nos sentamos sin decir nada. La impotencia y el miedo nos habían consumido un poco. El miedo para mí ahora tenía otro rostro, ahora andaba de uniforme negro o verde. Sólo podía pensar en esos muchachos que iban pasando. ¿Dónde estarán ahora?, ¿quiénes eran?, ¿qué les habrán hecho? Tantas preguntas que se me agolpaban en la garganta y me consumían la cabeza. No sabíamos que ese era solamente el comienzo del terror y que sólo habíamos probado un poco de lo que serían las noches siguientes.

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