Historia de Amor en Cuarentena

Imagen tomada de: https://bit.ly/3csnIP6

La pandemia desatada por el COVID-19 y la cuarentena obligatoria en la mayoría de los países, ha generado un sobre flujo de información que puede llegar a ser abrumador pero, como es tendencia y todo el mundo quiere leer sobre la cuarentena, hoy les traemos una historia de amor, de esas enrevesadas que ocurren una vez cada unos cuantos siglos, como las pandemias, y que dejan profundas marcas en las almas y los corazones de quienes las vivieron con una ferocidad y un ardor difíciles de traducir en palabras.

El protagonista de nuestra historia es un joven médico italiano del siglo XIV que bien podría parecerse en disposición y ánimo a alguno de los aventureros que recorren las páginas del Decamerón. Desde muy niño se había apasionado con su ascendencia romana (por el imperio, no por la decadente ciudad), soñaba con las grandes hazañas de los grandes reyes y príncipes que habían caminado por las mismas calles que él recorría, se había consagrado a la práctica de la lucha y ostentaba el orgullo de haber vencido a todos los contrincantes que habían pasado por sus manos, su escultural cuerpo despertaba los suspiros de las mujeres y la envidia de los hombres y su afabilidad y cercanía despertaba en quienes lo conocían un sincero sentimiento de empatía.

Habiendo cumplido dieciséis años tomó la decisión de irse a vivir a París para continuar sus estudios médicos, las lecturas que había hecho de la obra de Galeno en la biblioteca lo habían hecho decidirse por la medicina y abandonar su prometedora carrera como comerciante en la bullente ciudad de Nápoles. Ya convertido en un hombre y en el esplendor de su camino profesional, nuestro joven amigo había decidido trasladarse a la floreciente Venecia. Había conocido el esplendor y señorío de la ciudad de los canales cuando de niño acompañó a su padre en una visita comercial, habiéndose perdido entre la multitud, su padre lo había encontrado extático frente a la Basílica de San Marcos contemplando la Cuadriga Triunfal.

En sólo dos años había construido un nombre y una reputación en la ciudad, durante la tarde recorría en su góndola los enrevesados canales en la búsqueda ansiosa de sus pacientes y sus noches se agotaban en la futilidad del juego y la bebida en alguno de los imponentes palacios en los que era bien recibido. Recatado, sensible y con una disposición de ánimo apacible, pronto se hizo a una clientela femenina en las altas esferas de la sociedad veneciana. Su contacto con los altos círculos y sus conocimientos comerciales le permitió pronto hacerse con un círculo de amigos de connotada influencia y fue justamente en una de esas noches de sibarita que le acaeció por primera vez el miedo. Uno de sus compañeros de copas de esa noche era el magistrado del puerto, encargado de controlar los marineros y mercancías que diariamente llegaban y salían de la ciudad, la noche había sido idéntica a las anteriores, de no haber sido por el comentario suelto del magistrado hacia el final de la cena. Contó de manera vaga la llegada de un barco de vela pequeño procedente de las lejanas aguas del mar negro, con la particularidad de que todos sus ocupantes estaban moribundos y lucían extrañas marcas en todo el cuerpo. El asunto se despachó como tantos otros que se trataron esa noche, pero el médico comprendió que había llegado el momento de enfrentarse a sus más profundos temores.

Mientras estuvo en Paris, había estudiado los efectos de una extraña enfermedad que generaba una mortandad incontenible con uno de los grandes médicos de su época, mismo que había sobrevivido a la pestilencia que años antes había arrasado con ciudades enteras según contaba en su cátedra y uno de los signos irreductibles de esta extraña enfermedad eran las oscuras llagas que había visto surgir en todos los que estaban prontos a expirar ahogados en gritos indescifrables luego de escasos días de contraer la mortal enfermedad. Al clarear el día se hizo llevar al Lazaretto Vechio una isla en la misma laguna veneciana que se había adaptado hacía años para el tratamiento de los viajeros enfermos. Allí vio con espanto como solo quedaba vivo uno de los marineros que el día anterior había llegado a la ciudad, el resto habían muerto esa misma noche, ahogándose en sus propios fluidos como le habían indicado los médicos residentes de la isla. Supo identificar los síntomas con tal lucidez que le pareció la consumación de su existencia, había llegado hasta allí para enfrentarse a la peor enfermedad de su época, le había llegado el momento de la peste.

No tuvieron que pasar más que un par de días para que los primeros casos alertaran a los poderosos, algunos, sabedores de las tragedias que proseguían a la enfermedad, habían comenzado los trámites para salir de la ciudad, los demás, resignados a su suerte, se aprovisionaban para un encierro que podría durar el resto de sus días si la marca negra de la peste tocaba hasta su puerta. Mientras la ciudad se estremecía con el fantasma de la muerte, nuestro médico había sido nombrado Magistrato della sanitá, le habían designado para encargarse de las medidas de salud que debían tomarse para proteger a la ciudad, esto le había hecho regresar asiduamente al Lazaretto Vechio para verificar el estado de sus pacientes. El marinero sobreviviente continuaba luchando por su vida con una arrogancia que a nuestro médico le llegó a parecer impía, una lucha insondable y callada en contra de la voluntad divina. A pesar de haber llegado en un barco cosaco parecía provenir de las áridas arenas de más allá del Mare Nostrum, la mañana en que lo vio postrado en su lecho de enfermo le había parecido el ser más hermoso y miserable de la tierra. Había tratado de no pensar más en aquella imagen sobrecogedora que lo había llevado a las historias ya lejanas de su juventud, donde la belleza del joven Antínoo había deslumbrado a tal punto al emperador Adriano que éste nunca más había querido separarse de él, se imaginaba a si mismo, hermoso como se sabía, arrojado ante el lecho del marinero desconocido llorando desconsolado por la muerte de su bienamado. Aunque ya cumplía el límite de la edad para formar una familia en la Venecia de la época, nunca se había preocupado demasiado por hacerlo.

Ya desde sus primeros años había descubierto que prefería la compañía de sus compañeros de lucha, no solo en su preparación física, sino también en los demás aspectos de su vida al mejor estilo de sus héroes romanos, era también consciente de que una imagen correctamente construida y las influencias precisas, eran suficiente escudo para evitar que alguien le prestara atención a su poco interés en flirtear con las distinguidas damas que habitualmente lo invitaban a sus palacios y aunque rara vez rechazaba una invitación, rehuía aquellas que sabía más íntimas que sociales.

El marinero se recuperaba lentamente. Quince días después de haber llegado al lazareto había recuperado el habla y habían descubierto que viajaba como polizón desde un escondido puerto de Cádiz al que había llegado el barco mercante por provisiones luego de recorrer Esmirna y Adalia comerciando con pieles y víveres que traían del norte. Había visto como poco a poco los tripulantes del barco caían gravemente enfermos, para cuando llegaron al adriático apenas y quedaban suficientes marineros para maniobrar la ligera embarcación. Lo que no supo al despertar, pero que sabría después por las confidencias que le confiara una de las mujeres que se encargaba de bañarlo y cambiarle los vendajes de los bubones, fue que el médico le había velado durante los quince días que había pasado inconsciente, leyéndole por lo bajo antiguas historias y enjugando su frente cada tanto con agua fresca para evitar que lo consumiera la fiebre. El marinero nunca le confesaría lo que había descubierto.

Cuando volvió a ver al médico envuelto en su capa y escondido tras una máscara en forma de pájaro que lo hacía parecer un enorme cuervo negro, sintió un escalofrío que lo hizo estremecer, cuando el médico se acerco y le tomó la mano sintió que su cuerpo ardía y tardó unos instantes en poder articular un minúsculo saludo. Con voz queda le pidió que le acercara un atadijo que había cerca a su catre, el médico lo hizo sorprendido, al entregarle el mugriento paquete se quedó contemplando a su paciente, la fiebre había cedido y comenzaba a ganar peso nuevamente, sus facciones se hacían más firmes y si era posible, más hermosas a sus ojos.  El marinero sacó del atadijo una pequeña moneda de plata y se la ofreció al médico, éste la tomó en sus dedos y notó que era una antigua moneda romana, la inscripción casi ilegible rezaba HADRIANVS AVGVSTVS y mostraba por un lado la imagen del emperador Adriano y al revés una loba alimentando a dos pequeños. El marinero le contó que había encontrado esa moneda fijada en la quilla del barco en el que viajaba desde Hispania y que había naufragado cerca a las costas de Chipre, donde lo habían encontrado los cosacos, era lo único que tenía y quería que el médico la conservara por haberle salvado la vida. Son un buen augurio, lo protegerá, le dijo.

La emoción atravesó la cara del médico que tuvo que ocultarse para evitar que el marinero descubriera el rubor que le atravesó el rostro, rápidamente se puso la máscara y se disponía a salir cuando el marinero le tomó del brazo y lo hizo girar con tal precisión que el médico no supo en que momento había caído en su brazos, el marinero sintió el fuerte olor de las aromáticas que llevaba el médico en el pico de su máscara, le recordaron las lejanas tierras del desierto donde había crecido. Gracias, le suspiró el marinero al médico en un susurro casi inaudible y sus miradas se encontraron a través de los pequeños vidrios empotrados en la oscura máscara, volveremos a vernos, le dijo al tiempo que lo soltaba. El médico salió del cuartucho donde yacía el marinero, quería correr y gritar y saltar pero debía guardar la compostura, el lazareto se había convertido en una suerte de cementerio a medio consumar, aquellos que llegaban a la isla tenían la certeza de que no saldrían de ella nuevamente, el Magistrato della Sanitá también lo sabía, pero era lo mejor que podía haber ideado, aislar durante no menos de cuarenta días a todos los viajeros que llegaban a los puertos de la ciudad y recluir en los lazaretos a los venecianos que no podían darse el lujo de morir en la privacidad de sus casas, de las que habían sido expulsados o a las que no habían podido regresar por la amenaza de la peste.

Tres días después, cuando sus obligaciones le permitieron regresar al Vechio, el médico residente le esperaba en el puerto, al parecer hacía dos días que al marinero le habían regresado las fiebres y las pústulas que ya parecían haber comenzado a sanar se habían abierto produciéndole fuertes dolores y haciéndole perder el sentido. Nuestro médico corrió hasta el cuartucho en el que yacía su marinero, cuando entró el olor a podredumbre casi lo derriba, no le importó que no llevaba la máscara ni la capa que usaba siempre para protegerse de los moribundos de la peste, se arrodilló a su lado, le tomó la mano y vio que abría los ojos, una sonrisa se dibujó en sus labios, con su último esfuerzo apretó la mano de su médico y dejó de respirar.

El médico no saldría más de aquella isla, el residente y su ayudante tuvieron que arrastrarle desde el lecho del marinero hasta un camastro donde las fiebres le llegaron esa misma noche, no pasaron más de tres días antes de que muriera sin signos de peste, como era costumbre su cuerpo fue quemado en la fosa común, entre sus ropas encontraron finamente atada a una cita roja una antigua moneda romana con la efigie de Adriano. En su agonía los trabajadores del lazareto escuchaban que repetía una y otra vez videbimus Antinoi ephebi, volveremos a vernos Antínoo.

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