Los refugiados: En cuarentena permanente

Imagen tomada de: https://bit.ly/3frRw0B

 

¿Por cuánto tiempo se puede vivir encerrado? ¿En qué momento el planeta retornará a su versión normal, si es que en verdad alguna vez fue normal? ¿Estaremos preparados para salir a la selva de cemento y de fieras salvajes?, ¿cómo no? Mañana, en un mes o posiblemente en tres meses -pudiendo ser mucho más-, nosotros, los que nos quedamos en casa, los que no trabajamos en los circuitos económicos más necesarios o a los que el hambre no nos empuja a la cotidianidad del rebusque; seguiremos resguardados viendo desde las pantallas como van, por ahora, empeorando las cosas.

Con los casos de acaparamiento, violencia intrafamiliar, riña entre vecinos, embarazos no deseados, depresión, estrés y ansiedad disparados; estas pocas semanas de confinamiento nos han puesto en condiciones extrañas para algunos, pero cotidianas para otros. Sí, para “otros” que toda su existencia han vivido en una situación de confinamiento. Esos “otros” son los refugiados. Este grupo bastante numeroso de personas desde antes de la cuarentena ya vivían en confinamiento y aislamiento obligatorio. Ellos y ellas, ya sea por una guerra civil, un desastre natural, una catastrófica crisis económica o una persecución motivada por aspectos religiosos, étnicos o políticos, se encuentran fuera de su país de origen o de residencia permanente. A esta complicada situación se le suma la imposibilidad de reclamar la protección o asistencia a su país, que, en muchos de los casos además de no poder brindar alguna ayuda material, es el máximo responsable del desplazamiento forzado.

Este problema, cotidiano desde la independencia de los jóvenes estados asiáticos y africanos del siglo pasado, ha puesto en jaque las condiciones humanitarias no solo de los más de 25,9 millones de refugiados que calculó el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) en el último año; sino también a los países receptores, que dentro de sus territorios tienen ciudades enteras de desplazados viviendo en condiciones infrahumanas. Ellos, cuando migran a algún país fronterizo por una o varias de las causas ya mencionadas, son llevados a los campos de refugiados. Estos lugares financiados y controlados por los gobiernos receptores, la ACNUR y las ONGs, se pensaron como una solución temporal para recibir a los desplazados mientras la situación en sus países de origen mejoraba. Su construcción, hecha de forma rápida e improvisada, se diseño para satisfacer las necesidades inmediatas de sus huéspedes por cortos periodos de tiempos. Pero, como pasa con muchas de las políticas y decisiones de la punta piramidal de los gobiernos de turno, no se implementaron medidas a largo plazo y mucho menos se generaron garantías ya sea de retorno o de residencia a los refugiados en otros territorios.

El resultado fatal es el confinamiento forzado de millones de familias que, ni pueden regresar a su país, y tampoco cruzar las fronteras para establecerse en otro territorio. Uno de los casos más críticos y representativos en la actualidad se presenta en el campo de refugiados de Kutupalong (Bangladés). Creado en 1992 por la gestión de la ACNUR y el control del Gobierno de Bangladés, este complejo de 27 campos de refugiados alberga en su gran mayoría a miembros de la comunidad musulmana de los Rohinyá. Esta etnia proveniente de Birmania, un país con población mayoritariamente budista, huye del genocidio y la limpieza étnica efectuada por los grupos extremistas budistas y las Fuerzas Militares Birmanas.

A partir del 2017, con 912.373 refugiados, Kutupalong se convirtió en uno de los campos de refugiados más grandes del mundo. Esa venida en masa de desplazados durante los últimos cuatro años se debe principalmente a la explosiva huida de los Rohinyá – también llamados el pueblo sin país- a causa del genocidio y la intensificación de la persecución a los musulmanes en Birmania desde finales del 2016. En este, al igual que en la mayoría de campos en el mundo, los refugiados pueden acceder a algunas instituciones educativas, puestos de salud, centrales de distribución de alimentos y servicios sanitarios básicos, pero, ante la avalancha de personas estos servicios resultan ser más que insuficientes.

Imaginen vivir en una ciudad con más habitantes que Lisboa, Suba Lisboa, Bucaramanga o Pereira en la que casi todas las casas son de una sola planta y están hechas de latas y bambú. Además de eso que este propensa a inundaciones, expuesta a plagas, con condiciones antihigiénicas en sus calles, con la mitad de los niños sufriendo de anemia y la otra mitad en condiciones de desnutrición grave. Como si fuera poco, hay que agregarle el acceso limitado a intermitente a servicios como el agua potable, la electricidad, el acueducto y el gas natural. De hecho, como dato curioso, en Kutupalong solo para labores de cocina se utilizan diariamente más de 700 toneladas de madera.
A esto se le suma el continuo arribo de más refugiados, los cuales llegan a compartir vecindario con familias que han vivido sus tres últimas generaciones en esos campos. Sí, se han repetido varios casos en este y en otros campos como los de Dadaab (Kenia), Kakuma (Kenia) y Bojador – Tinduf (Argelia) en los que la abuela que tuvo a su hija en el campo, años después ve el nacimiento de su nieta, la cual, ni siquiera va a tener garantías en el corto plazo de una nacionalidad y residencia permanente, un cese de hostilidades y conflictos en su lugar de origen y unas condiciones dignas de vida.

Por cuenta de esta pandemia, inédita en la historia reciente de la humanidad, van saliendo a flote los desequilibrios sociales, los catastróficos errores políticos -véase Donald Trump, Jair Bolsonaro e Iván Duque- y las desigualdades económicas entre clases y países que antes pasaban más desapercibidas; pero entonces ¿la humanidad cuando va a lograr superar esta contingencia? ¿Cuál va a ser el futuro de los refugiados? ¿Qué va a pasar con los campos durante y después de la tormenta? ¿Vendrá la calma?. Si en tiempos “normales” estos lugares no contaban con unas condiciones higiénicas y sanitarias adecuadas para el cuidado personal, ahora, en una situación terrorífica parecida a la que está pasando la población carcelaria en Colombia, los refugiados sin estas herramientas para combatir el virus se encuentran en un altísimo riesgo de muerte. La llegada de desplazados provenientes de países violentos y cada día más contagiados sigue. Así mismo, la aplicación de pruebas masivas de detección del virus en términos logísticos y prácticos dentro de los campos resulta ser tarea imposible, los puestos de salud carecen de unidades de cuidados intensivos y los países receptores no cuentan con los sistemas de salud adecuados ni siquiera para sus connacionales.

Las probabilidades de una mortandad masiva de refugiados por cuenta del COVID-19 es alta, pero así se logre encontrar una solución definitiva a este virus -abusando un poco del optimismo-, si no se efectúan acciones urgentes a favor de los refugiados a mediano y largo plazo, el confinamiento, la pobreza, el hambre y la muerte van a perseguir por varias generaciones más a todos aquellos que sobrevivirán a la pandemia del Siglo XXI.

Escrito por

Politólogo de la Universidad Nacional de Colombia, librero y ajedrecista.

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