De lo inane y lo profundo

No recuerdo muy bien el mundo sin Internet, aunque llegó a mi vida cuando tenía ya más de diez años de edad. Mi primera experiencia de conexión fue abriendo una cuenta de Facebook, y gran parte de mi adolescencia la pasé decorando mi perfil de Hi5, hablando con mis amigos por MSN, y más tarde, actualizando mi Tumblr, jugando en Ask.fm, o incluso haciendo videos para YouTube, que, por fortuna, no mucha gente vio.

Es por esto que, aunque algunos califiquen estas actividades como vanas o carentes de sentido, para mí las redes sociales, las selfies, los filtros, y los videos con efectos caseros, han sido una parte esencial en la manera de comunicarme con las personas por fuera de mi familia, los estados de Facebook me permitieron por primera vez sentirme irreverente y alabada al mismo tiempo, cuando compartía lo que pensaba sobre el colegio y mis compañeros me llenaban de “likes”. Ahora, en mi vida adulta, Instagram ha sido esencial para mi trabajo, a través de él he vendido chocolates, servicios turísticos, clases de Inglés, además de haber conectado con gente maravillosa en muchas partes del mundo.

En todos estos años las redes no me impidieron ir a la universidad, no me impidieron leer, escribir, o ir a terapia, en general, no han sido un obstáculo para hacerme cargo de mi proceso formativo; y si lo he descuidado, puedo nombrar un sinnúmero de excusas, pero las redes sociales jamás serán una de ellas.

Si bien la accesibilidad de estos medios permite una avalancha de contenido vacío, de noticias falsas, y de material que para los intelectuales más puros resulta ridículo, también existen artistas, negociantes, pensadores, y académicos que utilizan las tendencias de las redes más populares para promover su trabajo, o simplemente para divertirse. Considero que es una cuestión de ser selectivo con las personas y entidades a las que seguimos, de controlar el tiempo frente a la pantalla, y de elegir conscientemente lo que compartimos desde nuestros perfiles, siendo estas acciones mucho más efectivas que criticar la superficialidad de quienes dedican sus días a estas plataformas o acusarlos de ignorantes.

La literatura, el cine, el teatro, y las expresiones artísticas más tradicionales jamás podrán ser reemplazadas por TikTok o por Twitter, pero por fortuna no tenemos que forzarnos a escoger un bando como si se nos fuera la vida en ello, el mundo es amplio y las posibilidades para entretenerse son infinitas, y para muchas personas, como yo (y para otras más inteligentes), estos medios representan una forma de descanso, un escape de los afanes cotidianos y de las angustias de la vida diaria.

Ante las críticas de quienes consideran que disfrutar de las redes sociales y tener un pensamiento profundo y complejo son acciones excluyentes entre sí, solo puedo decir que, a mi modo de ver, son las vidas vacías las que requieren de la amargura, el esnobismo, y los arranques pretenciosos para simular que tienen sentido. Si bien nadie está obligado a participar del tonto espectáculo de los videos virales y los memes, tampoco hay justificación que dé licencia a quien se excluye estas dinámicas para considerarse intelectualmente superior.

Escrito por

Si la vida fuera estable todo el tiempo yo no bebería ni malgastaría la plata...

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