De raíz

(AP Photo/Ivan Valencia)

A veces es necesario comprender cómo los sonidos del pasado se convierten en los ecos del presente. No lo digo porque sea pan de cada día en mi profesión de historiador, pero luego de lo sucedido con la policía hace unos días en Bogotá y las principales ciudades del país, es necesario entender que el problema no viene de los frutos, sino de la raíz. Podemos comenzar remitiéndonos al año 1946 cuando bajo el gobierno de Mariano Ospina se utilizó a la Policía Nacional como un instrumento para perseguir y oprimir a los enemigos del Partido Conservador Colombiano. Años después, durante el Bogotazo la policía tuvo un cambio de bando y se unió a las facciones gaitanistas de tinte liberal; pero esto duró poco, ya que el gobierno de Laureano Gómez estableció una férrea cacería para eliminar estas facciones por medio de los Chulavitas, la policía secreta del partido Conservador (que también podría considerarse un grupo paramilitar). 

Luego, con la llegada de Gustavo Rojas Pinilla en el año 1953 se anexó a la Policía Nacional como un componente que hace parte de las Fuerzas Militares dentro del Ministerio de Guerra (antiguo MinDefensa), transformando posteriormente su enfoque civil en uno militar. Así siguió operando hasta llegar a la nueva Constitución de 1991, donde se define nuevamente a la Policía Nacional como un cuerpo armado de naturaleza civil y por fuera del comando de las Fuerzas Militares… O al menos eso dice el papel, porque no tuvo mucha incidencia en la realidad, pues la Policía sigue siendo parte del Ministerio de Defensa y conservó privilegios de las Fuerzas Militares como el fuero militar y el acceso a la justicia penal militar.

Es por eso que al llegar a nuestros días tenemos una institución que ha modificado su discurso y se ha dotado de vías de hecho para establecer una normalidad que, por un lado, ofrece una cara amable y justa a cierto grupo de ciudadanos y al reverso una corrupta y abusiva que utiliza su posición de poder para cometer todo tipo de abusos. Por esa razón las acciones contra la policía no fueron un acto premeditado y calculado como lo intenta hacer pasar el Ministro de Defensa, ni mucho menos un plan de un grupo terrorista llamado ACAB (All Cops Are Bastards); no, estas acciones surgen de una fracción de la sociedad que le ha tocado la cara amarga de una institución que tiene fallas que llegan a su raíz y que se enfrenta material y simbólicamente a ellos en busca de una respuesta para el interrogante: ¿quiénes cuidan a la sociedad si en quiénes recae esa labor no son capaces de hacerla? Una fracción de Colombia que ha sido deshumanizada y que ahora grita en medio de la ira, la confusión y la impotencia que genera el no tener como responder a la pregunta previamente realizada.

La Policía Nacional necesita una reforma que venga desde arriba y la atraviese transversalmente en cada una de sus secciones, eso está claro, pues el problema ya no se arregla con un discurso de disculpas y una promesa de cambio. Es necesario que ella misma se replantee cómo debe conectarse de nuevo con la sociedad colombiana que la ve más como una amenaza que como una garante de seguridad. Dicha reforma no se logra por medio de clases de yoga, sino entendiendo que el problema viene de raíz debido a la forma cómo la misma policía se ha entendido a sí misma durante años: una fuerza armada civil de represión para defender el orden establecido bajo la figura de gobierno de turno. Por eso es que a final de cuentas el temerle o no a la policía acaba siendo un asunto de los azares de la vida, en donde a usted según su procedencia y apariencia puede conocer la cara amable de la institución al servicio de su comunidad; o por lo contrario se ve oprimido, violentado y hasta asesinado en el nombre de una ley que debería protegerlo como ciudadano y no servir de excusa para justificar los abusos de poder de una institución corrupta de raíz.

Escrito por

1994. Un historiador con muchas historias en la cabeza, pero con poco tiempo para contarlas. Marica indie neerlandés alternativo. MDE | AMS.

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